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"Van Gogh, a las puertas de la eternidad", bienvenidos a una exposición

Miercoles 6 de marzo de 2019, 14:04

Vincent Van Gogh, exponente máximo del post impresionismo, se mudó a Francia en 1886 donde coincidió con grandes artistas de vanguardia. Fue en aquella época, en la que trabó una especial amistad con Paul Gauguin, quien cultivaba el mismo estilo, cuando pintó sus cuadros más reconocibles.

Cuando se relaciona a Van Gogh con el cine viene a nuestro recuerdo de inmediato El loco del pelo rojo -Lust for Life, 1956-, la cinta de Vincente Minnelli. Ahora es el turno del músico, pintor y cineasta norteamericano Julian Schnabel. Con financiación británica y guion compartido, se centra en un período histórico semejante al de la novela de Irving Stone, que significó uno de los hitos más importantes en la carrera de Kirk Douglas. Se llevó el Globo de Oro por aquella interpretación y Anthony Quinn su segundo Oscar al mejor actor secundario por meterse en la piel de Paul Gauguin.
Van Gogh, a las puertas de la eternidad, bienvenidos a una exposición


Los relatos biográficos suelen se condescendientes con la figura que relatan, o se decantan por el aspecto contrario. La pasión, emoción y el colorido eran las claves de la película de Minnelli. Después de su estreno, no podíamos imaginar otra cara de Van Gogh que la representada por Kirk Douglas. El séptimo arte nos ha enseñado que nunca podemos decir nunca jamás. Es cierto, porque la apuesta de Schnabel en todo caso complementa la de su predecesor. También sabemos ahora que es posible imaginar al genio de Zundert con otro rostro.

Willen Dafoe ha sido también nominado al Oscar gracias a este personaje. Su edad real es, al menos, un cuarto de siglo superior a la que tenía el artista cuando se trasladó a París en 1886. Previamente había contraído la sífilis, lo que le privó de casi toda su dentadura. Tenía 33 años cuando se fue a vivir con su hermano menor Theo -Rupert Friend- a la capital francesa. Éste le abrió los ojos al impresionismo, lo que amplió su paleta de colores. En esta parte de la cinta se habla francés y asistimos a como el protagonista conoce a una serie de artistas tan notables como Toulouse Lautrec, Pizarro, Seurat, Cézanne, Guillaumin, Signac y Gauguin -Oscar Isaac-, que tendrá un papel preponderante en el devenir de los acontecimientos.

En aquel círculo, tanto Gauguin como Van Gogh parecían ir a contracorriente. Se propugnaba una sociedad de artistas mediante la cual se ayudarían unos a otros, pero siempre saldrían beneficiados quienes vendiesen más obras. Por entonces, aquellos no conseguían beneficios con sus cuadros y uno no podía ir a la Martinica como era su deseo y el otro tampoco conseguía su propósito de vivir más desahogado. Fue Theo quien satisfizo deudas y el que sirvió de catalizador para reunirlos en Arlés para un trabajo en común que terminó como el rosario de la aurora.

En La Casa Amarilla, llamada así por el color de sus paredes, todo iba viento en popa, e incluso se compusieron auténticas obras de arte. De esa época proceden los mejores exponentes de los girasoles, pero Van Gogh terminó persiguiendo a Gauguin con una navaja, lo que puso fin a su amistad. A continuación, vino el pasaje del corte del lóbulo de la oreja. Probablemente, tenía la esperanza de enviársela a su amigo.

Decíamos que, en este caso, no se trata de un biopic al uso y que esta cinta complementa de algún a forma la de Minnelli. De entrada, una voz en off nos remite a la soledad del artista. Solo quería ser un ciudadano más de Arlés. Beber con ellos. Luego, de manera paulatina, se va transformando en un personaje místico y visionario que resume su locura. En su lecho de muerte, asume su genialidad y advierte: no les culpéis a ellos. Es seguro que se sentía incomprendido, como sostiene ante el sacerdote -Mads Mikkelsen- enviado para juzgar su demencia, cuando en una secuencia cumbre dice que Dios le hizo un pintor para gente que aun no había nacido. De cualquier forma, asume enloquecimiento. Prueba de ello es cuando sentencia ante el Dr. Gachet -Mathieu Amalric- que pinta para dejar de pensar.

El principal valor de Schnabel en este film es, precisamente, su mayor demérito para muchos espectadores. El autor se mete en la cabeza de Van Gogh, interpreta con él los colores, desarrolla su obra. La cámara se sitúa a la altura de la barbilla de sus personajes y a sus intérpretes les pide que canalicen los sentimientos de sus caracteres hasta mostrarlos ante las cámaras. Es como una explicación técnica de una exposición de los cuadros de un artista irrepetible y mesiánico. Tanto que en su lecho de muerte asemeja un Cristo, como si viniera a redimir los pecados de sus coetáneos. Al público menos comprometido la película se le puede hacer cuesta arriba, incluso reiterativa en varios pasajes conforme avanza la cinta. Probablemente, no se requería insistir sobre lo expuesto.

Fuente: Pedro De Frutos


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