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"Trinta lumes", pasado y presente; muertos y vivos

Martes 5 de febrero de 2019, 10:45

En una aldea de la sierra de O Courel, en la provincia de Lugo, sus habitantes llevan a cabo sus rutinas diarias. El éxodo es palpable y continuo. Quedan pocos niños en la zona, y cuando crezcan se irán a estudiar a las capitales más próximas. Entre los chavales subyace una curiosidad palpable.

El paisaje lo domina todo. Estamos en medio de la sierra de O Caurel -El Caurel-, una cordillera montañosa al sureste de la provincia de Lugo, sinuosa como ella sola, ya que pasa de los 400 metros sobre el nivel del mar a los más de mil seiscientos de la cumbre de Formigueiros. Se trata de la reserva botánica más importante de Galicia, serpenteada por diversos caudales acuíferos, siendo el Lor el más importante. Un río de aguas gélidas, incluso en verano, que desemboca en el Sil.
Trinta lumes, pasado y presente; muertos y vivos


Apreciamos diversos parajes hasta que, en la penumbra, nuestros ojos comienzan a distinguir unas luces. Surgen esparcidas al tiempo que advertimos como se repite la llamada de un nombre: Alba. Los primeros rostros humanos tardan en aparecer. Se trata precisamente de Alba -Alba Arias- y su mejor amigo -Ismael Vilariño. Ella tiene doce años y la curiosidad por montera. El 31 de octubre, dicen, los lobos bajan hasta los cementerios para llamar a los muertos, que salen de sus tumbas para confundirse con los vivos. Sin duda, se trata de una evocación del Samain celta en la jornada que ponía fin a la época de la cosecha y en la que las sombras de las ánimas se desplazan por las calles.

La lume es el fuego. También el fuego del hogar ya que por él se distingue su ubicación. Son trinta lumes, treinta fuegos. En el medio centenar de aldeas que perviven en O Courel únicamente se cuentan treinta niños, aquellos que deberían ser la llama que aviva el futuro. No lo habrá para ellos en esta tierra y se verán obligados a desplazarse a Lugo o Ourense para continuar sus estudios.

Esa es la propuesta de la montadora y realizadora gallega Diana Toucedo. Varios años tardó en rodar su primer largo, afanada en hallar financiación y disponer de un equipo técnico que, en ocasiones, consistía en tres personas. Ha merecido la pena, pues nos encontramos con una propuesta muy particular y una fotografía espléndida de Lara Vilanova, nominada al Premio Fénix en el apartado documental. Pero Trinta lunes es más bien una obra de ficción, aunque no hace ascos al género anteriormente mencionado.

No hay nada incalificable y este largometraje se nutre de ambos, como también un realismo fantástico presente en cada una de las secuencias y que se ve favorecido por el entorno. Aunque la autora es de Redondela, atisbando el mar en Pontevedra, ha sabido darle cuerpo a ciertos aspectos que muchos calificarían de intangibles. Es difícil de por sí dar protagonismo a una zona tan inhóspita, especialmente en invierno, cuando la nieve cae a borbotones. bien pareciera que empujada desde O Cebreiro.

Las nubes parecen impulsadas por motores y la niebla colabora al ambiente fantasmagórico, estirando su velo raído por el que en ocasiones se ve en la distancia. Tan larga como lo permiten las casas de piedra y la riqueza arbórea en la que predominan castaños, hayas, robles, acebos y abedules. Con un presupuesto reducido al mínimo, Diana Toucedo nos entretiene jugando al veo veo en el interior de un automóvil y casi nos obliga a intervenir con nuestra opinión cuando hay que desplumar una gallina.

Es la vida de una zona en cuyos hogares no se ve una sola antena de televisión. Los niños tienen que cubrir una distancia considerable camino de la escuela. Las construcciones, resguardadas por tejados de pizarra, muestran las balconadas típicas de la zona. Se encuentran en pleno declive, desvencijadas, por mucho que las consideremos más bellas y valiosas que las mejor conservadas del French Quarter de Nueva Orleáns. Hay amor en el filme, y también desesperanza, que es la nota predominante.

En su parte documental nos conduce hasta el establo, donde las vacas se ordeñan a diario y los terneros se amamantan de las ubres de sus madres. No aparecen orquídeas salvajes, que sí existen en O Caurel. A cambio, pasamos del invierno a la primavera y al otoño, con sus vientos ya húmedos y sus fotografías multicolores. La parte de ficción nos lleva a la búsqueda de una niña inquieta en el Día de Todos los Santos. Quizá, se topó con la Santa Compaña, que ese día parece regodearse con su presencia para llevarse a los vivos. Tal vez, siga cubriendo inquietudes y llenando el saco de la curiosidad junto a su amigo Samuel.

Fuente: Pedro De Frutos


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