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"Oreina (Ciervo)", la marisma como fuente de vida

Lunes 1 de octubre de 2018, 13:57

Un joven inmigrante desarraigado vive en la periferia de la ciudad y se busca la vida junto a un viejo furtivo en torno a una marisma que marca el ritmo de su existencia. El hombre mayor comparte la casa en la que habita junto a su hermano, que acaba de regresar de París y con el que hace años que no se habla.

La cinematografía vasca suele dejarnos cada año pequeñas joyas intimistas que muestran el día a día de una sociedad a caballo entre lo rural y la gran ciudad. Suele hablarnos de carreteras o senderos que, de alguna manera, marcan la vida de sus protagonistas y que, en esta oportunidad, se cambian por las marismas próximas a San Sebastián, en una zona mínimamente habitada, próxima a un cordón industrial, antesala de la urbe cosmopolita cuya existencia se advierte pero que no se muestra.
Oreina (Ciervo), la marisma como fuente de vida


En ese paraje se desplaza Khalil –Laulad Ahmed Saleh-, un joven inmigrante que sobrevive trapicheando con droga y ayudando a un furtivo. Un hombre mayor y de salud delicada llamado José Ramón –Patxi Bisquert-, que tanto se aplica en la captura de peces, principalmente angulas que vende a los japoneses, que animales del bosque que luego diseca. Comparte la casa, que no la vivienda, con su hermano Martín –Ramón Agirre-, profesor universitario en París, ya retirado, que lleva consigo la rémora de su homosexualidad en un entorno en el que se siente muy vulnerable.

El relato es íntimo, casi a ritmo de documental, que al fin y al cabo es a lo que nos tiene acostumbrados Koldo Almandoz. El joven Khalil con su moto por la carretera, y junto a José Ramón desplazándose en barca por la marisma. Así son sus vidas, discurren sin más, con la quietud que muestran las aguas mansas. Los personajes centrales no miran hacia adelante y tampoco nos interesa demasiado el futuro. Es un retrato costumbrista del momento, que huye de la habitual historia en un barrio marginal. Los tres protagonistas son como animales solitarios que se dan la vuelta ante cualquier problema y que no pretenden compromisos.

Por eso una gran cabeza de ciervo preside la entrada de la vivienda de los dos hermanos. También las separa, uno a un lado y otro al otro. José Ramón y Martín ni siquiera se llaman cuando viene alguien a preguntar por el otro. Saben todo de cada uno de ellos y sin embargo no tienen deseos de echarse nada en cara. Son camaleones que intentan adaptarse al medio ambiente. Por eso no caen las redes de la ertzainza –Iraia Elías- que conoce los delitos de Khlaid y su amigo pero que no consigue pillarlos con las manos en la masa.

Khalid, decíamos, rehúye los conflictos. Comparte favores sexuales con la hija del propietario de una gasolinera –Erika Olaizola-, pero se aparta cuando hay competencia. De la misma forma que Martín no se atreve a traspasar la puerta de los servicios con un posible amante sexual. Solo hay una oposición en el film, la de José Ramón a la hora de vender la cabeza de ciervo a los japoneses. Es la enseña, lo que parece dar sentido a su vida por encima de los desplazamientos por las marismas solo o en compañía del joven inmigrante.

Koldo Almandoz no pretende explicar. Más bien sugiere o evoca a través de sus personajes por medio de un relato distante donde la geografía del entorno emerge como un punto narrativo más, y no en orden inferior al resto. Los suyos son unos seres marginales por decisión propia, impulsados también por el medio en el que se desenvuelven. No obstante, el desarrollo es demasiado frío. La exposición está muy lejos del calor necesario para arropar el relato.

En su primer largometraje, el autor asume demasiadas deudas de su talante documentalista. El ritmo resulta irregular y los actores no tienen oportunidades para el lucimiento más allá de los silencios, de sus rencores y sus alertas constantes para mantener un estatus con el que se manifiestan muy de acuerdo. Sin apenas mayores necesidades. La marisma Saria, en la margen izquierda del Oria, con la sierra de Aizkorri al fondo, como testigo mudo en un pequeño universo que pugna por no sobresalir. Una historia de desarraigos filmado con tanta pasión como con ausencia de emociones que derivan en una propuesta discontinua y demasiado gélida.

Fuente: Pedro De Frutos


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