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"Maudie, el color de la vida", una rica mujer pobre

Jueves 22 de junio de 2017, 13:34

Repaso por la vida de la pintora canadiense Maudie Lewis, aquejada de artritis desde pequeña que consiguió independizarse de su familia al conseguir un puesto de criada en la minúscula casa de un vendedor de pescado. Tras casarse con él poco después comenzó a destacar como pintura, cuyos óleos vendía a precios irrisorios, y vivió pobre toda su vida.

En Canadá, se puede visitar la casa en la que vivió Maudie Dowley con su marido, Everett Lewis. Concretamente, en la Galería de Arte de Nueva Escocia, en Halifax. Sorprende el minúsculo recinto. Apenas una habitación-cocina cuya puerta de acceso casi se funde con el techo. Unas escaleras conducen a una reducida habitación con una cama. En ella desarrolló la artista toda su obra, iniciada con la decoración de su hogar, posteriormente con tarjetas postales que vendía por unos pocos centavos, y finalmente con todo lo que caía en sus manos, desde cajas de galletas a maderas de todo tipo, por la módica cantidad de cinco dólares más gastos de envío.
Maudie, el color de la vida, una rica mujer pobre


La vida de Maudie –Sally Hawkins- era particularmente triste. Aquejada de artritis desde pequeña, vivía en casa de su tía Isa –Gabrielle Rose-, quien la explotaba en las tareas del hogar. Cuando su hermano Charles –Zachary Bennett-, incapaz de regentar un negocio lucrativo, vende la casa paterna para hacer frente a sus deudas, Maudie solo piensa en independizarse, en encontrar un trabajo que le permita separarse de su explotadora familia. Fue madre de una hija que, según le contaron, nació muerta y deforme pero a la que nunca tuvo entre sus manos. Fue el fruto de una noche loca en una discoteca propiedad de Charles.

Cuando un pescador ambulante y vendedor de leña ocasional, Everett Lewis –Ethan Hawke- pone un anuncio en los establecimientos de la localidad de Marshalltown buscando una mujer para las tareas domésticas, Maudie es la única candidata. Ella no está dotada para el trabajo puesto que es torpe y tiene problemas de movimiento; él es huraño, déspota e incluso violento. No hay otro sitio para dormir que en la única cama de la insignificante cabaña. La mujer se hace querer con su humildad y su comprensión. Poco después se casan.

Everett solo le pedía que tuviera su casa bonita y Maudie comenzó a decorar las paredes, las ventanas y hasta la estufa con pinturas que reflejaban sus vivencias, los lugares y los animales que conoció. Poco después se inició con postales navideñas que vendía por unos centavos. Luego, se aplicó en cualquier material que tuviera a mano. Sus colores eran vivos, y se decantaba preferentemente por animales y flores. Una neoyorquina, Sandra –Kari Matchett- empieza a comprar elementos de su obra a cambio de cinco dólares más gastos de envío. Cuando el vicepresidente Richard Nixon se interesa por su pintura, la protagonista aparece en reportajes periodísticos e incluso en la televisión.

En los años sesenta, Maudie está prácticamente condenada a un pequeño rincón de su vivienda, donde sigue pintando mientras su marido se encarga de las tareas del hogar. Es cuando la artista se entera de que su hija no falleció sino que fue vendida por su hermano. En una de las secuencias más emotivas, Everett la lleva hasta las proximidades de la casa en la que vive junto a su marido. Se refuerza con la música de Michael Timmins, muy interesante de escuchar pero que no siempre consigue los objetivos buscados en la pantalla.

Con este largometraje se abre la carrera para destacar las mejores producciones del año. La británica Aisling Walsh ha dirigido un guion predecible, que lejos de centrarse en la vida de su personaje tiende a una tierna y sensiblera historia de amor. Sin embargo, el mayor mérito es haber encontrado dos intérpretes de tronío para dar vida al matrimonio Lewis. Ethan Hawke es un todo terreno capaz de sacar a flote cualquier personaje, pero es que Sally Hawkins está sencillamente sublime, hasta el punto de que ella es la razón de ser de la película.

Con una buena fotografía de Guy Godfree, especialmente en lo que se refiere a la paleta de colores tristes y tirando a tonos rojizos pálidos, Walsh se luce en algunos encuadres, si bien en otros se muestra mucho más convencional, y saca partido al reducido espacio del hábitat del matrimonio. Por encima de todo ello se eleva Sally Hawkins, ganadora del Globo de Oro por Happy, un cuento sobre la felicidad –Happy –go- Lucky, 2008-, y candidata al Oscar por su trabajo en Blue Jasmine. Algo tuvo que ver en ella Woody Allen cuando la contrató para El sueño de Casandra. Consigue con su trabajo que la protagonista muestre una vitalidad insospechada. Nos atrapa con su candidez, incluso con su ingenuidad. Compone un personaje redondo que, a buen seguro, colocará el listón para las mejores interpretaciones del año a una altura que no muchas colegas de profesión serán capaces de superar.

Fuente: Pedro De Frutos


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