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"Lo que de verdad importa", el poder de curar

Lunes 13 de febrero de 2017, 11:07

Un ingeniero londinense vive una existencia caótica. Su negocio de reparaciones eléctricas va de mal en peor y se disipa entre las mujeres y el juego. Inesperadamente, un desconocido familiar se ofrece a satisfacer todas sus deudas si se traslada durante un año a Canadá. Allí descubrirá que a su alrededor sucedes cosas aparentemente imposibles.

No se puede hablar de esta película sin tener en cuenta sus fines benéficos. La recaudación íntegra se destinará, a través de la Fundación Aladina, de la que es presidente el director del film, para niños y adolescentes enfermos de cáncer, a la Fun Children Network, una plataforma asistencial creada por el desaparecido Paul Newman. La empresa es lo suficientemente loable para desear a esta producción el mayor de los éxitos en taquilla. En cuanto a su contenido, se trata de un cuento moralista, imbuido en la religión católica con una puesta en escena aceptable y un guion manifiestamente mejorable.
Lo que de verdad importa, el poder de curar


El guionista y director mexicano de origen asturiano Paco Arango nos ofreció en su primer trabajo tras las cámaras un cuento navideño titulado Matkub -2011-. Ahora insiste con una fórmula parecida gracias a un título homónimo al que de una fundación ala que está muy vinculado Pablo Pineda Ferrer, primer actor con síndrome de Down galardonado por su actuación en el Festival de Cine de San Sebastián por Yo, también -2011-. Gira en torno a Alec –Oliver Jackson-Cohen-, que alcanza de esta forma su primer papel como protagonista.

Se trata de un ingeniero londinense que vive una existencia disipada y que, desde la muerte de su hermano gemelo ha entrado en una espiral descendente. De las veinte franquicias de su cadena de reparaciones eléctricas El Curandero solo le queda una que está a punto de cerrar por no satisfacer el alquiler. Se entretiene con mujeres casadas y gasta lo que no tiene en apuestas deportivas, por lo que es perseguido por unos prestamistas. Cuando parece haber tocado fondo se presenta Raymond –Jonathan Pryce- un hermano de su madre, cuya existencia desconocía, que está dispuesto a afrontar sus deudas siempre que se traslade a Canadá y pase un año en una casa de Nueva Inglaterra.

Nada puede ser peor, y en su nuevo destino conoce a una veterinaria –Camilla Lunddington-, que le guiará por un lugar en la que siempre ha habido un miembro de su familia que, cada dos generaciones, tenía poderes especiales, principalmente de sanación. Alec reniega de ellos a pesar de las señales inequívocas, como animales que siguen mansamente sus pasos o personas que se le acercan con la intención de que sane sus dolencias. El agnosticismo del protagonista le impide creer en sí mismo hasta que se presenta ante él Abigail –Kaitlyn Bernard-, una muchacha de catorce años enferma de cáncer terminal. Entonces, parece demasiado tarde para reconducir sus poderes, que únicamente pueden ser aceptados durante las veinticuatro horas siguientes a su trigésimo cumpleaños.

La factura técnica de la película es muy difícil de discutir. Usualmente, las producciones de este tipo cuentan con una buena fotografía, con colores vivos y sugerentes puestas de sol. Javier Aguirresarobe ha ultimado un buen trabajo, recreándose en los escenarios de postal de Nueva Inglaterra y en una destacable iluminación que refuerzan el montaje de Teresa Font y la banda sonora de Nathang Wang. Con un envoltorio que nutre sus aspiraciones internacionales, rodada íntegramente en inglés, Paco Arango no desmerece en la dirección y los actores cumplen sobradamente con sus personajes.

Otra cosa muy distinta es qué se cuenta. Filmes como ¡Qué bello es vivir! Podrían servir de referente, pero aquí no se consigue que nos creamos la historia por los altibajos y las contradicciones que contiene. Está bien que se nos presente a Alec como un pecador, que se declara budista ante el sacerdote del lugar sin que pueda ofrecer razones convincentes, pero atenta en muchos pasajes contra las normas más ortodoxas del catolicismo, como las relaciones prematrimoniales o la crisis de fe de los ministros del Altísimo.

El protagonista tiene en su mano sanaciones milagrosas, incluso la resurrección, pero no es Dios, ni se pretende. Si lo que insinúa Paco Arango es mostrar las posibilidades que tenemos cada uno para influir positivamente en quienes nos rodean, la cinta obligaría a una línea argumental muy distinta. Por destilar más almíbar no se llega antes al camino de la fe. Del realismo mágico que propone, hay mucho de lo segundo y casi nada de lo primero. A cambio no es desdeñable la persecución que el protagonista sufre al inicio por unos matones, un ejemplo más de la decorosa puesta en escena para una producción que se convierte en la primera en la historia del cine cuya recaudación irá destinada íntegramente a fines benéficos. Por ese motivo ya debiera ser valorada positivamente.

Fuente: Pedro De Frutos


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