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"Guardian y verdugo", morir en Sudáfrica

Miercoles 10 de mayo de 2017, 15:47

En 1987, con el apartheid en todo su apogeo, casi dos centenares de negros eran ahorcados en Pretoria cada año. Un abogado pro derechos humanos se encarga de defender a un joven guardia de una prisión de máxima seguridad que asesinó a los componentes de un equipo de fútbol, todos ellos de color.

A finales de los años 80, antes de que Nelson Mandela accediera a la presidencia del país, solo en las cárceles de Sudáfrica, morían ajusticiadas cada año más de ciento sesenta víctimas de color, ahorcadas en las propias penitenciarías con el director del establecimiento y unos pocos guardias como únicos testigos. En 1988, el cineasta Oliver Schmitz dirigió Mapantsula, el primer largometraje antiapartheid, y ahora retoma el asunto con una propuesta fechada un año antes y adaptada por Brian Cox de la novela escrita por Chris Manerwick, un autor nacido en Nueva Zelanda pero que, posteriormente, ejerció como abogado en Sudáfrica. Basada en hechos reales, se desprende que tenga caracteres biográficos que implican al propio letrado.
Guardian y verdugo, morir en Sudáfrica


Un joven blanco está a punto de sufrir una colisión con un minibús. Los dos automóviles llegan a un lugar en el que, aparentemente, no hay salida, y el indoeuropeo saca una pistola para disparar a sangre fría sobre los ocupantes del otro auto cuando iban saliendo uno a uno de su interior. El asunto parece claro y nadie quiere aceptar la defensa del acusado, Leon Labuschagne –Garion Dows- hasta que un abogado británico pro derechos humanos y contrario a la pena de muerte, Johan Webber –Steve Coogan-, se hace cargo del caso aun a sabiendas de que se trata de una causa perdida. Máxime, cuando el acusado no está dispuesto a hablar.

La acción se desarrolla en la sala judicial, con un duelo interpretativo muy sugerente entre el propio Coogan y una magnífica Andrea Riseborough, que encarna el rol de la fiscal Kathleen Marais. Entre flashbacks, que mostrarán como el acusado llegó al asesinato, la cinta se acerca al thriller. Leon, casado y con una hija, tenía diecisiete años cuando decidió convertirse en funcionario de prisiones para no ingresar en el ejército. Nada más incorporarse a su puesto, se le asignó un lugar en el corredor de la muerte. Cada uno de los funcionarios de ese servicio se encargaba de un prisionero cuando era ajusticiado. Después, se procedía a su traslado al cementerio para darles sepultura. Indudablemente, la presión a la que se vio sometido el reo derivó en su acto salvaje.

El largometraje es uno más dentro de los dramas judiciales. No hay sorpresa alguna que le lleven a ser algo más que un telefilm con valores superiores a la media. Sin embargo, salva esa condición por el duelo interpretativo de sus protagonistas y las imágenes crudas de los ajusticiamientos y sus detalles más escabrosos. No todos los ahorcados morían de inmediato. Algunos tardaban hasta un cuarto de hora en fallecer. Para ello, los guardias tiraban hacia arriba de las sogas y dejaban caer a plomo los cuerpos de los reos cuantas veces fuesen necesarias hasta que se produjera el óbito.

Mientras Leon afirma no recordar nada de lo que sucedió la fatídica noche de su múltiple asesinato, la fiscal expone otras versiones, como que los agentes no tiraban de la soga sino que colaboraban con el verdugo a la hora de rematar a los condenados, que gastaban bromas de mal gusto entre ellos a costa de los finados, o que les colocaban cigarrillos en sus fosas nasales para que luego expulsaran el humo ante la vista de sus allegados. Acusaciones graves, circunstancias duras relatadas con todos sus pormenores gracias a los saltos de tiempo.

Ante la mirada de sus familiares y también los de los deportistas asesinados, la propuesta se erige como un alegato contra el apartheid, pero también contra la pena de muerte. La imagen de las sogas alrededor del cuello de los condenados provoca escalofríos, como también el sonido de la trampilla que se abre a sus pies para que mueran ahorcados cuando el mecanismo es accionado por el verdugo. Un ruido similar al emitido por el minibús cuando se abrió la compuerta lateral y sus ocupantes salieron al exterior. Cinematográficamente, puede eludirse, pero, en conciencia, todos deberíamos de presenciar algunas de las secuencias de este film para debatir y extraer nuestra propia opinión posteriormente.

Fuente: Pedro De Frutos


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