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"Frantz", del amor y la guerra

Sabado 31 de diciembre de 2016, 11:51

Poco después de la I Guerra Mundial, Anna, que visita cada día la tumba de Frantz, su prometido muerto en la contienda, ve que un hombre deposita flores en el mismo nicho. Se trata de un joven francés, que provocará reacciones muy encontradas entre la familia del difunto y el resto de los habitantes del pueblo.

En 1932, Ernst Lubitsch rodó The Broken Lullaby –Remordimiento­, una producción anti bélica de la Paramount que significó el único drama sonoro del cineasta nacido en Berlín a finales del siglo XIX. Ubicada poco después de la I Guerra Mundial se centraba en el pesar de un francés que había matado en la contienda a un soldado enemigo, músico como él, y que había estudiado en el mismo conservatorio. Consumido por la angustia, viaja a Alemania para buscar a la familia de su víctima e implorar el perdón.
Frantz, del amor y la guerra


François Ozon recoge aquel guion, basado en una obra de Maurice Rostand y lo traspone a su mundo. Si bien es verdad que firma su película más convencional, tampoco lo es menos que, de nuevo, sorprende con su puesta en escena, con sus giros de guion y, en definitiva, con una forma muy personal de hacer cine que le convierte en uno de los profesionales más sugestivos del Viejo Continente. Douglas Sirk podría haber firmado orgulloso uno de los mejores melodramas en lo que llevamos de siglo.

Anna –Paula Beer- es ahora la protagonista en perjuicio del personaje francés. Ozon quería un rostro que expresase melancolía, y lo consiguió con la berlinesa. A diario visita la tumba del que fuera su prometido y vive con quienes debieran de ser sus suegros, el doctor Hans Hoffmeister –Ernst Stötzner- y su esposa Magda –Marie Gruber-. Tiene un pretendiente, Kreutz –Johan von Bülow-, pero ella sigue guardando luto por Frantz –Anton von Lucke-. De repente, un desconocido deja flores en la tumba de su amado. Se trata de un joven galo llamado Adrien Rivoire –Pierre Niney-, quien se confiesa como amigo de su esposo.

Pierre sostiene que tocaban el violín, disfrutaban de su estancia en París y visitaban con frecuencia en Louvre para admirar su cuadro preferido, El suicida de Monet. Poco a poco, se va acercando a Anna, quien consigue que los Hoffmeister lo admitan a pesar de su odio a todo lo francés. Para ello, tienen que hacer frente a la reprobación de Kreutz y del resto de sus convecinos. Máxime, cuando la protagonista decide acudir al baile con el extranjero.

El melodrama no es demasiado original en esta parte. Fluye por terrenos ya explorados. Se desconocen las verdaderas intenciones de Pierre y su verdadera relación con el novio de Anna. Se puede especular con varias posibilidades. Hasta una posible relación homosexual, caben muchas hipótesis hasta que él confiesa que ha viajado para redimir su enorme pesar por haber matado a Frantz en una trinchera. Regresa a Francia y la muchacha no tiene valor para desengañar a los Hoffmeister. La historia podría terminar aquí, pero queda lo más interesante. El matrimonio anima a la que iba a ser su nuera para que vaya a París en busca del hombre que ha dejado mella en su corazón.

Ella viaja en tren y propicia una breve pero intensa secuencia, cuando ve desde la ventanilla, y el espectador gracias al reflejo, la destrucción causada por la guerra. Los desastres son iguales para todos, el odio alimentado, similar. De la misma forma que en su localidad no aceptaban a los galos, en Francia sucede lo mismo con los germanos. Las heridas no están cerradas. Desde ese momento, se suceden las sorpresas. Cada momento cobra una especial intensidad y resulta prácticamente imposible adivinar lo que nos espera. Así, hasta un plano final muy ilustrativo.

Ozon consigue que nos deleitemos con su película, especialmente en segunda parte, cuando más se aleja de la propuesta de Lubistch. Se apoya en un Pierre Niney entregado, que aprendió alemán y a tocar el violín para adecuarse mejor a su personaje. Además, el director juega con los colores. Rodada en blanco y negro, con un ambiente que recuerda a La cinta blanca de Michael Haneke, utiliza el color en los momentos de mayor felicidad, casi todos ellos con Frantz en escena. Hay una excepción, cuando Anna y Adrien dan un paseo por el campo, donde se nos indica el nacimiento de la pasión. La fotografía de Pascal Marti es atractiva y, por momentos, subyugante. El producto final, entre los mejores del año.

Fuente: Pedro De Frutos


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