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"Mein führer", el niño que Hitler llevaba dentro Miercoles 7 de octubre de 2009, 11:11
La II Guerra Mundial está perdida para Alemania, pero los ministros del III Reich pretender dar un golpe de efecto el 1 de enero de 1944, cuando Adolf Hitler debe hablar en público ante casi un millón de personas, pero el führer lleva mucho tiempo recluido. Está enfermo y su carácter es cada vez más represivo.
Magnífico arranque el de esta película, en un tono de sátira que llega, en algunos momentos, a la crueldad. En un Berlín destrozado por los bombardeos aliados, Goebbels pretende elevar la moral del pueblo germánico con la escenificación de un gran día. En Año Nuevo, Hitler recorrerá las calles de la ciudad en coche descubierto y llegará hasta el lugar señalado para pronunciar un discurso inolvidable que será recogido por más de una decena de cámaras y que será seguido en directo por casi un millón
de personas. En los cinco días que restan para esa gran parada, se procederá a tapar las ruinas con gigantescos decorados para dar la sensación, especialmente al führer, de que la guerra va viento en popa.
El problema no es que a Hitler, recluido en una especie de urna de cristal en la Cancillería, se le tenga engañado, es que se ha convertido en un ser enfermizo y depresivo, auténtica caricatura de lo deplorable. Para enfrentarse a esa situación, el Ministro de Propaganda no duda en sacar del campo de concentración de Sachsenhausen a un director de escena judío, Adolf Grünbaum, a quien también engañará, con el propósito de que su líder vuelva a recuperar la confianza en sí mismo y aparezca como el personaje enérgico, déspota y furibundo en el que todos los arios creen a pies juntillas.
Todos los puntos del film resultan atractivos: desde los entresijos de los mandatarios del III Reich hasta el reparto, donde destaca el sobrio Ulrich Mühe, inolvidable protagonista de La vida de los otros, quien proporciona a su Adolf –curiosamente, disfruta del mismo nombre de pila que Hitler, lo que le convierte en su otra personalidad- una profundidad palpable. A medida que la historia avanza, las posturas de ambos se acercan, pero no lo hacen a través de la lógica, sino de la moralina por lo que el sentido inicial del guión deriva por aguas peligrosas hasta que naufraga definitivamente. Y es que, sobrepasado el primer tercio de película ésta nos deja de interesar. Satirizar no es contar milongas de manera gratuita, aunque su línea es tan delgada como la que existe en la gran pantalla entre la risa y el llanto. Definitivamente, en Mein Fürer al guionista y realizador Dani Levy se le ha ido la mano hasta abortar la interesante media hora inicial. También se ha pasado con la puesta en escena. Aún sabiendo mezclar con acierto las imágenes reales –en blanco y negro- con las actuales, se notan demasiado los trucos, seguramente hechos por ordenador, que invitan a repetir los decorados como si fueran fondos de películas de animación.
Resulta muy difícil de creer la caricatura de un Hitler ignorante, ajeno a lo que le rodea, capaz de meterse en la cama con un matrimonio judío debido a las bajas temperaturas, o ponerse a cuatro patas para ladrar. Es casi imposible de aceptar porque el sentido de la ironía es totalmente unidireccional, lo que desemboca en ocasiones perdidas. Aunque la salida nocturna de Hitler con su perro por el Berlín destruido tiene suficiente fuerza, se podrían haber conseguido imágenes poderosas, metáforas de una guerra que anunciaba su fin. Se ha preferido dar un toque de incomprensible moralidad. Sus responsables sabrán por qué han dejado pasar esta oportunidad de haber convencido con su cine –no con sus ideas- a todo el mundo.
Fuente: consolero
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