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"El legado de Bourne", solución al galimatías Jueves 20 de septiembre de 2012, 09:58
Cuando la historia de Jason Bourne pasa a ser de domino público, la seguridad nacional de Estados Unidos se resquebraja. Por eso se decide poner fin a una serie de programas secretos entre los que figura Outcome, en cuya nómina figura Aaron Cross, superviviente de una matanza dictada desde arriba con el propósito de eliminar cualquier pista.
Después de tres interesantes entregas protagonizadas por Matt Damon la historia nos ofrece un giro radical que, aunque pretende mantener la dinámica anterior, navega por ciertas indefiniciones que se disfrazan con un frenesí constante que palía sus ausencias de calidad con un ritmo bien conseguido al que no lastran las dos horas y cuarto de proyección. Buena película para tardes calurosas que amenaza con ser la punta de lanza de una nueva trilogía protagonizada por un eficiente Jeremy Renner, quien
da vida al agente Aaron Cross, el equivalente al ya olvidado –salvo ciertas menciones y una foto- Jason Bourne, con más contundencia y credibilidad que su antecesor si bien su personaje se nos antoja mucho menos definido.
Para cambiar de estilo y de trayectoria se eligió a Tony Gilroy, responsable de los guiones de las tres anteriores entregas y que como realizador había presentado sus credenciales dirigiendo a George Clooney en Michael Clayton. Para justificar la desaparición de Bourne ideó una compleja trama de proyectos secretos en uno de los cuales, Outcome, está inmerso Aaron Cross a quien vemos desde el principio superando una serie de obstáculos, en apariencia sobrehumanos.
Hasta superada la primera media hora apenas nos enteramos de qué va una historia que se desarrolla simultáneamente en diversas localizaciones y con un lenguaje críptico que intenta fomentar la intriga pero que provoca reacciones encontradas en los espectadores, dubitativos ante el aluvión de información tan poco explícita que se trasluce desde la pantalla. Sólo cuando aparece en escena Rachel Weisz, con la sempiterna fragilidad que le caracteriza en sus actuaciones desde El jardinero fiel pasando por Ágora, vislumbramos un argumento que nos remite a programas secretos en Estados Unidos para forjar superhombres, agentes diseñados para desenvolverse en solitario en las más difíciles misiones. Para ello, les inoculan un par de virus que potencias sus constantes físicas y cognitivas.
El legado de Bourne se mueve desde ese instante con parámetros poco novedosos. Desde los rescoldos de la saga hasta parámetros consustanciales a James Bond sin olvidarse de elementos semejantes a los vistos en Terminator, Misión imposible, Soldado universal o Fast and Furious V. Por eso las sorpresas brillan por su ausencia lo que no es óbice para que la cinta nos entretenga y su largo metraje no conlleve desencanto, hastío o aburrimiento. Además, se apoya en un buen reparto para disminuir efectos negativos, lo que supone la presencia de actores como Edward Norton –en un atípico rol de antagonista-, Joan Allen, Albert Finney, David Strathairn o los veteranos Stacy Keach y Scott Glenn.
Otros elementos ayudan a que la apuesta, que no es otra que la de entretener y aprovechar el tirón de la saga, cumpla sus objetivos. Entre ellos hay que enumerar la buena partitura de James Newton Howard y dos o tres secuencias de acción muy bien rodadas, como la persecución por los barrios bajos de Manila, similar a la de las favelas en Fast and Furious V, o la huida en moto de los protagonistas, con pasajes de altos valor cinematográfico.
Fuente: Pedro De Frutos
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