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"Antes de que el diablo sepa que has muerto", asuntos de familia Lunes 9 de junio de 2008, 11:58
Dos hermanos que atraviesan por dificultades económicas deciden acometer el robo de una joyería. No debe haber problemas porque conocen muy bien el terreno. Tanto, que el negocio es una propiedad familiar. Las cosas se complican y en el incidente fallecen la madre de ambos y el cómplice que se habían buscado para dar el golpe.
Con seis Oscar a sus espaldas –uno honorífico, otro al mejor guión adaptado y cuatro como mejor director-, Sidney Lumet se ha caracterizado por un cine sólido, denso, y necesitado de buenos actores para sacar adelante sus proyectos. En 1957 consiguió la estatuilla con ‘Doce hombres sin piedad’, y tuvo que esperar casi veinte años para encontrar a Al Pacino, con quien coincidiría posteriormente en varias ocasiones, y legarnos ‘Tarde de perros’. Ahora, rebasados los 84 años, muestra una vez más su
pulso firme para llevar a buen puerto un guión muy difícil de Nelly Masterson, mucho más propio del lenguaje europeo y, probablemente, de un realizador más joven.
La historia, en apariencia simple, y reducida prácticamente a un núcleo familiar, se enreda porque da saltos en el tiempo y ofrece idénticas situaciones repasadas por cada uno de sus tres protagonistas masculinos. Dos hermanos, de los cuales el primogénito es un vividor lleno de fortaleza y bien situado, mientras que el pequeño es dubitativo y frágil, son quienes deciden robar la joyería familiar, pero el cómplice enreda las cosas y termina abatido por la pistola de la madre de los protagonistas, quien también resulta herida de muerte.
Andy, ha sabido medrar en una inmobiliaria, pero sus vicios le han llevado a una situación económica problemática y planea fugarse a Río de Janeiro con su atractiva esposa, una mujer florero que todos los jueves tienesuna cita con su amante, nada menos que su cuñado Hank. Éste, a su vez, divorciado y padre de una niña, no consigue los suficientes ingresos para abonar la pensión alimenticia de la pequeña. Para ambos el robo es la mejor solución. Venderían las joyas en el mercado negro y sus padres cobrarían del seguro.
Cuando la historia se complica, el padre de ambos, viendo que la policía no se interesa por profundizar en la historia del robo, decide investigar por su cuenta hasta que se enfrenta a una realidad tan cruda como inesperada. Así se cierra el círculo de una historia muy vigorosa, que no necesita muchos personajes para enriquecerse y que, precisamente, por ese detalle, se hace todavía mucho más cruda y dramática, no dejando apenas respiro para el espectador que se enfrenta a un thriller dramático, de un titulo farragoso, pero difícil de olvidar.
Como siempre, Sidney Lumet se reúne de un elenco de actores magnífico. Andy es John Philipe Seymour, uno de los mejores característicos que se pueden encontrar en Hollywood ahora mismo, y cuyo trabajo en ‘Capote’ resulta memorable. Su hermano Hank es Ethan Hawke, un actor de carácter que, siendo adolescente, participó en ‘Exploradores’ y que en su siguiente trabajo, ‘El club de los poetas muertos, destacó por encima de los jóvenes de su generación. Candidato al Oscar por ‘Training Day’, en la que supo dar una magnífica réplica a Denzel Washington, también rozó la estatuilla como guionista en ‘Antes del atardecer’. Su amate y cuñada está representada en la pantalla por Marisa Tomei, oscarizada sorpresivamente por ‘Mi primo Vinny’ y comprometida siempre con trabajos que exigen ciertos riesgos . Por fin, el padre de los hermanos que desencadenan la historia es Albert Finney, un londinense de carrera impecable, con títulos a sus espaldas como ‘La sombra del actor’ y que, sólo en este siglo, ha participado en títulos como ‘Erin Brockovich’, ‘Traffic’ y ‘Ocean’s Twelve’, por ejemplo. Probablemente, Sidney Lumet ha encontrado en él al sucesor ideal del malogrado Meter Finch, con el que trabajó en su oscarizada ‘Network, un mundo implacable’, o al retirado Paul Newman, que tuvo mucho que ver en la estatuilla que ganó su director por ‘Veredicto final’. Sin ellos, principalmente los tres varones, la película no hubiera esa pequeña obra maestra con la que Lumet, probablemente, nos ha legado su testamento cinematográfico.
Fuente: consolero
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