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"Adam resucitado", vivir como un perro Lunes 17 de septiembre de 2012, 10:48
Durante la Segunda Guerra Mundial, Adam Stein, un afamado payaso con anterioridad a la ascensión del nazismo, consigue sobrevivir convirtiéndose en el perro de un oficial alemán. Viviendo a cuatro patas sólo descansa para tocar el violín mientras decenas de judíos son trasladados a los hornos crematorios.
Tres años después de su proyección en la Seminci vallisoletana, donde ganó el premio a la mejor banda sonora, gracias a la partitura de Gabriel Yared, llega a las pantallas este film basado en la controvertida novela de Yoram Kaniuk, uno de los autores israelíes más relevantes. Si el texto en sí ya es polémico, la versión fílmica, escrita por Noah Stollman, no lo es menos debido a la personalidad de su realizador, Paul Schrader, responsable de guiones como Taxi Driver o Toro salvaje y director de
filmes –Mishima y Desenfocado, por ejemplo- que no pasan desapercibidos.
Sin duda, Adam resucitado es un film al que se quiere o se le odia. Depende del estado de ánimo, del género cinematográfico con el que nos sintamos más identificados y de otras muchas cosas. Puede que haya espectadores que se levanten de la sala de proyección y se marchen; otros, como nosotros, permanecemos atentos a la pantalla admirando la historia, la puesta en escena, las metáforas que se aprecian por doquier y, desde luego, la magnífica interpretación de un Jeff Goldblum contenido, apasionado y genial. Magnífico. Tampoco le anda a la zaga Willen Dafoe, que conforma otro punto de inflexión en esta coproducción entre Estados Unidos, Alemania e Israel.
Adam Stein triunfa en los cabarets berlineses en los años previos al auge del nazismo y al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Cuando, una noche, salva con su actuación a un cliente que pensaba suicidarse, no podría adivinar que, pocos años después se rencontraría con él en la figura del comandante Klein, un personaje que no le abandonaría desde entonces porque -una vida a cambio de otra vida- le permitiría continuar existiendo a cambio de que le hiciera reír comportándose como un perro y viviendo como tal, incluso en la jaula del pastor alemán preferido por el militar y compartiendo su comida.
Virtuoso del violín, el comandante encarga a Stein que toque cada día sin cesar en los pocos momentos que deja de estar a cuatro patas mientras desfila ante él toda una caravana de la muerte en dirección a los hornos crematorios. Una jornada macabra su esposa y su hija pequeña también formaban parte del cortejo fúnebre. Posteriormente, con la caída del nazismo viaja a Israel en busca de lo único que queda de su familia, pero en la tumba de su pequeña Ruth cae en una profunda depresión.
El doctor Nathan Gross cree que puede curarle y lo interna en un psiquiátrico en medio de ninguna parte, cuyas verjas metálicas recuerdan al campo de concentración. Los demás pacientes, como él, son judíos supervivientes que muestran diferentes fobias o enfermedades, de acuerdo con su pasado reciente. Es un centro en el que se desatan las bajas pasiones y también la opresión del remordimiento y la amargura. Salir de allí es casi tan improbable como sobrevivir a un campo de concentración.
Cuando un niño que solo sabe ladrar y morder, y se comporta igualmente como un perro, es recluido en una apartada habitación, Adam Stein tienen ante sí la posibilidad de redimirse o sumirse en la zarza ardiente de sus culpas junto a la sombra de un comandante Klein, a quien nunca ha podido expulsar de su cabeza.
Fuente: Pedro De Frutos
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